Hablar en cumbia
En Ámsterdam siempre es viernes
Neerlandeses gigantes silban y presionan repetidamente las campanitas de sus bicicletas, advirtiendo su presencia medio segundo antes de pasar como un relámpago. Los turistas, distraídos, le sacan fotos al canal oliva de Ámsterdam. Cruzan la calle como si el mundo fuese suyo. El viento nocturno trae un ritmo familiar, el chucu-chucu de una cumbia. A pocas cuadras está el Barrio Rojo y la plaza Nieuwmarkt. De ahí viene la música. De una feria pintoresca con una fila infinita para entrar.
La primera impresión recuerda a las películas de adolescentes, esas en donde las porristas se besan a escondidas con los jugadores de futbol americano. O a un slasher con una escenografía que mezcla algodón de azúcar rosa pastel con gotitas brillantes de sangre. Dentro de esa atmósfera cinematográfica, un pasacalles azul y amarillo anuncia en un estilo circense: “Aprilfeesten”. Pero del otro lado no hay contorsionistas ni payasos. Lo que se ve es una pequeña, casi de juguete, vuelta al mundo, una calesita con sillas voladoras y un escenario con una banda tocando cumbia punkrock. Detrás de las atracciones se eleva un pequeño castillo de piedra con torres en forma de hennin, el sombrero cónico de las princesas medievales.
Esta tradición, que se celebra cada abril, comenzó en 1988. El último día del festejo, el 27, coincide con el King’s Day. Ahí es cuando la capital se viste de naranja para beber y bailar en conmemoración del nacimiento del rey Guillermo Alejandro.
Fuera de la feria, la fila avanza rápido. El hombre de seguridad grita, con voz ronca, que le muestren el documento de identidad. Unos preadolescentes con cara de bebés, al descubrir que no pueden ingresar sin la compañía de un adulto, se quejan en neerlandés. Dan media vuelta y, probablemente, discuten sobre un plan b para la noche de viernes. Luego avanzan unos italianos. Van a juego, los dos con barba candado y camisa cuadrillé. Sacan su Carta d’Identità y la vuelven a guardar rápidamente, arqueando las cejas. El señor de la entrada los deja pasar sin cuestionar su edad que, evidentemente, está muy lejos de los 18.
Dentro es difícil avanzar. Al tetris de gente le quedan pocos movimientos y hay que elegirlos con el cuidado de un jugador experto. Para los turistas, que podrían ser confundidos con Pulgarcito entre tanto metro noventa, la desesperación crece.
Sentadas en una de las sillas voladoras, unas chicas de pelo corto y bermudas ríen tanto que les cuesta respirar. Parecen hadas complotándose para hacer una travesura. Las cadenas que sostienen el asiento se retuercen en un nudo complejo, digno de las manos de un boyscout. Las piernas se mueven con tanta fuerza que parecen prepararlas para salir volando hacia la estratósfera. No sin antes noquear a los que decidieron, inocentemente, sentarse delante. Todos empiezan a imitarlas.
Frente al escenario en donde está tocando la banda, hay una pista que se divide en dos grupos. En la derecha están los europeos agitando sus brazos hacia arriba y abajo, con los puños cerrados, en una coreografía que parece guionada por ChatGPT. Del lado izquierdo, los latinos sacuden sus caderas y arman parejas para agarrarse de la mano y dar una vueltita. Disfrutan como si estuviesen en el quince de una prima escuchando “Soy cordobés” de Rodrigo.
Maxine baila en una ronda con sus amigas. Ella también imita, con una sonrisa, los pasos que parecen prefabricados por una inteligencia artificial. Su pelo es castaño y lleva un corte pixie. En el cuello tiene un choker negro, como esos que estaban de moda en el 2014, en el peak de Tumblr. Tiene 24 años y nació en Berlín, pero a los 7 se mudó con su familia a Ámsterdam. Se aparta a un lado para hacerse escuchar mejor y, en un inglés perfecto (perfectamente británico), como el de la mayoría de las personas acá, explica: “Somos una cultura muy diversa. Escuchamos y bailamos de todo. No nos cerramos a nada”. Toma un sorbo de su gran pinta de bier y sigue: “Si te fijás, hay gente que viene de todos lados. No solo de vacaciones, también vienen a vivir. Les atrae la libertad, la diversidad cultural y, obvio, la joda”.
La cumbia tiene su origen en el Caribe colombiano. Nació a fines del siglo XIX, como una respuesta a la fusión cultural entre españoles, pueblos indígenas y esclavos africanos.
En Argentina, en la década del 70, apareció la cumbia santafesina. El grupo que logró mayor reconocimiento en esa época fue Los Palmeras. Años después surgió un estilo más romántico y, a fines de los 90, apareció la famosa cumbia villera. Las letras mostraban una realidad menos idealizada, más cruda. Al igual que con el rock barrial que se puso de moda en los 2000, las personas se sintieron identificadas con los relatos de este tipo de música accesible para todos.
A pesar de comenzar su historia en Latinoamérica, como cualquier género musical, viajó a través del mundo. En Ámsterdam existen fiestas de música latina, pero suelen estar pensadas para un público sudamericano. Sin embargo, la diversidad cultural de la zona es innegable. En las calles conviven parrillas argentinas con taquerías mexicanas y algunas mujeres pasean con hijab mientras otras, en la misma cuadra, llevan minifalda. Esta mezcla no es puro producto del turismo, también se ve en los locales.
En Aprilfeesten la cumbia no conecta desde las letras. Las personas la disfrutan por su ritmo pegadizo. Y la música, como el inglés o el español, funciona como una forma de entenderse y comunicarse. Es, en definitiva, un idioma que todos podemos hablar.


